Carlos "Petete" Almirón, militante social de 23 años, fue una de las víctimas de la represión policial de las jornadas trágicas del 19 y 20 de diciembre de 2001. Su madre y su compañero de militancia lo recuerdan. Por Adrián Pérez
“Pistolas, que se disparan solas/caídos, todos desconocidos/bastones, que pegan sin razones/la muerte es una cuestión de suerte.” Los Piojos, “Ay, ay, ay” (1994)
Cinco argentinos asesinados en la Ciudad de Buenos Aires, 34 en el interior del país y más de doscientas detenciones sólo en la Capital. Tal fue el saldo de las jornadas más convulsionadas que se vivieran desde el regreso de la democracia. Esmirriado, el país se arrastraba sobre sus costillas al mismo tiempo que un ejército de reserva superaba el 20 por ciento de desocupación. El 19 de diciembre de 2001, Fernando De la Rúa, presidente electo por el voto popular, decretaba el estado de sitio y encendía la bronca de miles de argentinos que salían a la calle a pasear su angustia. “¡Que se vayan todos!”, clamaba el gentío, mientras el golpe de las cacerolas repicaba de norte a sur y de este a oeste. Años de ajuste, políticas neoliberales y medicinas que enfermaban --recetadas por los organismos de crédito internacionales-- hicieron lo suyo. Carlos Menem había prometido una “Revolución Productiva”, pero empujaba a un tendal de familias a raspar el fondo de los basurales o a encolumnarse en los piquetes que asomaban en Tartagal, Plaza Huincul, Cutral-Co, o en la provincia gobernada por un cacique que llegaría más tarde para manchar un puente con sangre joven: Eduardo Duhalde.
Faltan 720 horas, 43.200 minutos, 2.592.000 segundos para que se cumplan diez años de una de las noches más largas de la historia argentina. Caras y Caretas viaja a la estación de Lanús. Allí espera Alberto Estévez, amigo y compañero de militancia de Carlos “Petete” Almirón, uno de los jóvenes asesinados por llevar su hastío a la metrópolis. El obrero metalúrgico cuenta que se conocieron en el colegio Francisco Ramírez, cuyo centro de estudiantes lleva hoy el nombre del pibe muerto por un balazo en el pecho; el mismo que se hinchaba cada vez que le contaba a su madre sobre el trabajo social que emprendía en el conurbano bonaerense.
“Carlos me enseñó que las cosas se transforman cuando las políticas son activas”, advierte con orgullo Estévez, mientras el colectivo zigzaguea por las calles lanusenses hacia la casa de Marta Almirón, madre de Petete. Fotos de Carlos cubren la mesa de la vivienda de Lomas de Zamora. Estévez vuelca dos mates con el brazo pero las fotos no se mojan. Su emoción gana la pulseada. El trabajador metalúrgico destaca que a la hora de dar una mano, Carlos era el primero en llegar a Monte Chingolo. Desde el Movimiento 29 de Mayo daban apoyo escolar a los vecinos del barrio. Luego reconoce que esa experiencia los fue forjando. El primer corte de ruta llegaría en 2000, sobre la avenida General Belgrano.
Un año después, los compinches serían sorprendidos por una voz aguardentosa que anunciaba, por cadena nacional, la implementación del estado de sitio. “Mi vieja me está esperando”, dijo Petete en la noche del 19 de diciembre. “No da para que estés en la calle”, lo atajó Beto. Durante la cena, el dueño de casa observó algo que le llamó la atención: “Mirá la niebla que hay en Plaza de Mayo”, apuntó a la televisión. “No es niebla, son gases”, corrigió su amigo. Los dos tenían planes para el día siguiente.
MORIR EN LA LUCHA
Almirón se reuniría en Lanús con militantes de Correpi; Estévez haría lo mismo con sus compañeros de Chingolo. Los sectores territoriales proponían una gran movilización, como respuesta al estado de sitio, que saldría a las 11 desde el Puente Pueyrredón, rumbo a Plaza de Mayo. A esa hora las Madres eran apaleadas por la Policía Federal.
Al mediodía, un mundo de gente retrocedía por Avenida de Mayo hacia la 9 de Julio. Los amigos volvían a encontrarse en la intersección de las avenidas. “Infantería y caballería no salía más allá de Avenida de Mayo, la policía ‘cazaba’ en patrulleros y motos”, recuerda Estévez. El cerrojo policial en “la avenida más ancha del mundo” los empujó al Congreso. Entre las 14.30 y las 15 se encontraron con Iqui: el militante de HIJOS tenía una herida de bala en la pierna. Un patrullero estacionó en Rivadavia y Virrey Ceballos. Del auto salió un policía apuntando su arma hacia todos lados.
Entonces caminaron por Bartolomé Mitre hacia la 9 de Julio. Cuando llegaron a Cerrito, se toparon con un malón de gente que entraba nuevamente por Avenida de Mayo. Salieron corriendo en diagonal al grito de “vamos, vamos”. Fue la última vez que Estévez vio a su amigo. “Supongo que eran cerca de las 16, el sol ya no pegaba tan fuerte”, indica. Estévez auxilió a los primeros heridos de bala, que fueron llevados a las plazoletas cercanas, donde a los gritos se reclamaba la presencia de ambulancias.

“La mayoría fueron asistidos en Avenida de Mayo y 9 de Julio”, señala. Más tarde se encontró con un militante de ATE-Lanús y otro del MTR de Florencio Varela. Ellos le dieron la mala noticia: “Al flaco de rulitos que venía con vos le pegaron un balazo de goma en el pecho y lo llevaron al Argerich”. Sin colectivos a la vista, Estévez emprendió la marcha hacia el hospital con cuatro compañeros de Chingolo. Habían llegado a la Capital juntando monedas.
Trajinaban las calles de San Telmo, en silencio y mirando al suelo, cuando Estévez vio que los vecinos de la gaseada ciudad se asomaban a los balcones. Descorchaban sidras y festejaban la renuncia de De la Rúa. En la guardia del hospital, un médico se acercó para calmarlo: “Soy de HIJOS, pasame los datos de tu amigo y averiguo”, le dijo. Al rato regresó para contarle que estaba mal, en terapia intensiva. Estévez llamó por teléfono a Jésica, hermana de Carlos.
Los rumores sobre el arribo de saqueadores zarandeaban la provincia de Buenos Aires. Mientras caía la noche, en cada esquina se levantaban piquetes con neumáticos encendidos. “Nadie quería llevarte, nadie quería ir a semejante lío”, recuerda Marta. Había estado angustiada todo el día, tenía el presentimiento de que algo malo iba a pasar. El jefe de su compañero llamó a las 23 para decirle que, si se animaba, saliera con el colectivo que usaban en el reparto de verduras.
Llegaron al hospital a las 2. Aunque Marta no sabía a qué hora había fallecido su hijo, a las 21.30 sintió que algo se desprendía de su vientre. “¡Me quedé con una paz! No tenía ganas de llorar ni de hablar. Era como que él se había llevado ese malestar que sentía.” Una semana antes de ser asesinado, Carlos le pidió a uno de sus hermanos que si a él le pasaba algo cuidara a su madre y a su abuela. “No quiero morir tirado en una cama, de viejo, quiero morir en la lucha”, aseguraba el pibe de 23 años.

Aunque nació prematuro y con una parálisis cerebral, Petete salió adelante. Se había anotado en el CBC de Avellaneda y se ganaba la vida colocando membranas con su padrastro. Marta vio a su hijo, por última vez, el 19 de diciembre. Ese día le enseñó a hacer omelet. “Carlos siempre decía que iba a ser ‘profesor de profesores’, que me iba a traer plata ‘a carretilladas’ --recuerda Marta con una sonrisa--. Yo le respondía: ‘¡Ay, hijo, cómo soñás!’.” A partir del asesinato de su hijo, la mujer tuvo que comenzar un tratamiento psiquiátrico.
“Estamos esperando que algún día se juzgue desde De la Rúa para abajo. Después puedo morirme tranquila”, exige Marta, y rezonga porque el 20 de diciembre cada vez se recuerda menos. Estévez se suma al reclamo de Justicia. Con los ojos llenos de lágrimas, advierte: “Sería importante que los presidentes democráticos que tapizaron las calles con la sangre del pueblo comiencen a pagar por sus errores. Si a menos de una semana de haber asumido como presidente tenía tres muertos y se fue con 39, lo de De la Rúa no fue una casualidad”.
Publicado en la edición de diciembre de la revista Caras y Caretas


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada